Días sin huella

Cuarto Encuentro de Narrativa Centro Occidente

Por Alfredo Padilla

 

Descansaba las botas desgastadas en la ventanilla del autobús. Pensaba en los días que permanecería en Zacatecas, hacía meses que decidí dejar el alcohol y me había sitiado en una vida zombie de lecturas infructuosas y Netflix desmedido. Tenía 32 años, un hijo y ningún trabajo, así que planeaba meterme todo el Huitzila que pudiera en la ciudad del mexicano más nacional, el autor de Obra maestra, Ramón López Velarde.

Me habían invitado un año antes como tallerista de Luis Jorge Boone, pero esta vez presentaría “17 voces que dicen presente”, la antología del tercer Encuentro de Narrativa Centro Occidente, y mi libro de cuentos, “Una pastilla más para que pase el dolor”, como telonero de la Star del cartel: Lydia Cacho.

Observaba por la ventanilla el paisaje de la llamada Mesa del Centro: sierras, mesetas y un número sin fin de elevaciones separadas por zonas de bajadas y llanuras. Cuando me aburría del paisaje, me disponía a leer un libro de Almadía que me habían obsequiado de mala gana: “Falsa Liebre” de Fernanda Melchor. La lectura era insípida y repleta de descripciones que no llegaban a ningún lado, me dispuse a escuchar a NOFX, la voz angelical de Fat Mike curó mi hastío, y todo fue en ascendente.

Día 0

Last Nite

(Sean Penn es un pendejo)

Al bajar del autobús (a diferencia de otras personalidades como Brenda Lozano, tuve que viajar por carretera y ser sorprendido por los fucking retenes militares), el frío me soltó un crochet a la cabeza. El rostro se me escaldó por el viento escarchado, parecía un langostino para cuando subí al taxi rumbo al hotel Emporio. Mi cara era la de Daniel Stern después de que Kevin McCallister le sopleteara el rostro.

Ya en el hotel me sorprendieron unas ganas enormes de quedarme en la cama a ver culebrones por la televisión. La habitación era cómoda y no se colaba el frío, bastaba ver por la terraza cómo la gente de a pie se entumecía las nalgas con el clima glaciar de la ciudad. Ni en pedo salgo, me dije en mis cochinos adentros. Dormí un par de horas como un querube, más bien, caí desmayado. El campanario de la Catedral Basílica de Zacatecas me sacó de la entelequia. Las ocho de la noche, sabía que debía aprovechar el tiempo, todo el tiempo bajo la sombra de La Bufa, el tiempo fuera de casa, de las labores cutres y ordinarias de una persona gris (hasta ese momento aún no sabía que me llevaría cinco días el acto de inmolarme con Huitzila). Salí del hotel al frío anticanónico de un Zacatecas apesadumbrado pero preparado para recibir a una horda de escritores sedientos de mezcal, zambra y anonimato. Tomé un café insípido en el Rincón Zapatista, compré un par de playeras con la imagen de una Mafalda muy lacandona, y cuando iba de regreso al hotel, recibo un mensaje por WhatsApp del escritor Juan Gerardo Aguilar “Barry” (El refugio del hurón, Servicio al cuarto). Me esperaba en la cantina Las quince letras, uno de mis lugares favoritos en el mundo. La tasca data del año 1906 y se pueden encontrar en su interior cuadros de artistas como Manuel Felguérez, Rafael Coronel y Pedro Valtierra.

Cuando abro la portilla noto que “Barry” está acompañado por Lydia Cacho y Xilonen Guerra (creadora junto con Víctor Santana de Traven, una publicación dedicada a la crónica), y con ellos Dulce Muñoz, directora de Animación y Difusión del Instituto Zacatecano de Cultura, la mujer más hermosa de todo Zacatecas. Pido el anhelado Huitzila y una cerveza -a pesar del frío-. El alcohol aporrea una puerta en mi interior, la puerta de un Mr. Hyde aletargado o más bien de un Eric Melvin que había olvidado que llevaba dentro de mi estomago, en mi tubo digestivo, haciendo mucho ruido y malos riffs.

El lugar apestaba a orines, orines rancios mezclados con mezcal y algunas fragancias de loción barata. Nos sentamos bajo un enorme cuadro de una teibolera sujetándose a un tubo real en el piso de la cantina. Lydia me ve observándolo y siento un pudor que desconocía hasta ese momento, recordé de pronto su libro “Esclavas del poder”, una investigación periodística que parte de las historias individuales contadas a la autora por mujeres y niñas que sobrevivieron a las redes mundiales de trata de personas.

Tenía que tocarse el tema. No es que fuera forzado, el Huitzila nos hizo abrir la boca, destornillarnos de risa con la fallida crónica del protagonista de The Gunman, su obsesión desmedida por conocer al ex líder del cártel de Sinaloa. “Un fan dispuesto a no juzgar”, idiotez disfrazada de periodismo -hay más jovenes en los fanzines escribiendo mejor Gonzo-. Surgió una expresión en la mesa, una frase de la malograda crónica del encuentro con El Chapo: “Con el pene en la mano, lo considero una de las partes vulnerables de mi cuerpo a ser cortada por los cuchillos de narco irracionales. Lo miro por última vez y lo vuelvo a meter a mis pantalones”. Descosemos en carcajadas, el ambiente ya no olía a orines, la chica en el cuadro comenzaba a ondularse, el Huitzila nos había calentado el cuerpo y Sean Penn era un pendejo.

 

Las_Quince_Letras_Zacatecas

 

Día 1

Un Cacho de pastilla

(She said)

Es miércoles 27 de enero, y justo hoy comienza el cuarto Encuentro de Narrativa Centro Occidente. Acostumbrado a vivir en ratoneras, me siento raro en una habitación como la del Emporio –a lo largo del encuentro dormiría en tres hoteles distintos-. Me veo en el espejo y observo que la resaca y el frío han hecho de las suyas, estoy cauterizado y ojeroso, ya no parezco una almeja, sino un reptil. Kafka reventaría de risa. Tomo cuatro aspirinas y le marco a Rodrigo Pámanes (poemas para niños que se portan mal), le cuento que en Zacatecas está nevando, me contesta que ya está por llegar, y que ni pedo, tendrá que sobrevivir con la ropa que lleva puesta, que era mucho mejor que el único abrigo que yo portaba. Quedamos para beber un par de cervezas en mi cuarto, planeamos nuestra presentación y bajamos al lobby, en donde Lydia nos invita un par de cervezas más. Yo seguiría tomando el resto de la tarde, así que llegué modulado al Museo Zacatecano, lugar de la presentación del libro.

Fue una buena presentación, gracias al interés de Lydia por La Pastilla lograron venderse el gran número de ejemplares que llevaba (7). Las anotaciones que hizo Pámanes sobre el libro estuvieron muy bien, fue la mejor presentación en meses, y como siempre, dije una letanía de tonterías a los periódicos locales. Concluyendo mi participación en el panel, prosiguió la Star del encuentro (un periódico Zacatecano había enunciado que todo el presupuesto se había ido en la contratación de Lydia Cacho, bromeábamos frecuentemente con ello). Su conferencia fue solemne, crónicas que podrían haber salido de la mente más oscura de este planeta. Habló sobre los temas que más le duelen a la sociedad a través de una violencia negada, periodismo que abreva desde la cotidianidad y su vitalidad, pero una de las frases que más me afectó fue precisamente sobre la genealogía: “La paternidad no es un accidente, es en verdad una elección de vida”. Pensaba en André.

Después de tomar unos tintos en el Museo, nos fuimos juntos a La Escondida. Recuerdo poco, o quizá no deba recordar, muchos mezcales custodiados con cerveza. Nevaba, menos cero grados centígrados, y nosotros construyendo un infierno en aquella cantina. Nos acompañaba Carlos Velázquez. La noche se nos esfumó en hablar de Herzog, y sobre qué diablos hacía Adalberto Martínez “Resortes” en el rodaje de Fitzcarraldo junto a Mick Jagger. La platica se volvió pesada, espesa, puse el automático y me fui al hotel. En el transcurso pensaba una y otra vez en aquella canción: Last night, she said / Oh, baby, I feel so down.

Día 2

Well, I’ve been in town for just now fifteen whole minutes now

Despertar en la habitación frente al espejo con cara de Bugs Bunny en resaca/ dirigirse a Radio Zacatecas para una entrevista / decir incoherencias más incoherencias / beber cerveza de los Oxxos y los Extras, cebada espantosa / sentir un desmayo latente / Oh, baby, I feel so down / Comer burritos, los mejores de la región, “Burritos de la Palma”, con Alejandro Almazán, Eduardo Rabasa, Carlos Velazquez y “Barry”/ Tomar de un mezcal más amargo que la saliva de un Dragón Komodo, un brebaje que te regenera el estómago/ Hablar de punk con Ortuño/ Ortuño pone el Operation Ivy de Rancid en la rockola/ Ambos nos sorprendemos de que ese disco esté en la rockola de una cantina como El Refugio / Una chica nos sirve más cerveza / Oh, baby, don’t care no more / Nos dirigimos a la presentación de Méjico de Antonio Ortuño, llegamos tarde/ Por la noche termino en un antro gay con Wenceslao y Velazquez / And I don’t know why / I keep walkin’ for miles.

Día 3

See, people they don’t understand

Por la tarde el programa es interesante, me tomo un litro y medio de café para estar presente –y dos litros más de cerveza-. Se presenta el libro de Diego E. Osorno: “Slim, Biografía política del mexicano más rico del mundo”. Lo ostenta Lorea Canales. Me da un gusto enorme volver a ver a Lydia: Oh, baby, gonna be alright. Una copa de vino tinto me hace quedarme a la siguiente mesa: autores que combinan la narrativa con el periodismo musical, en donde participan Wenceslao Bruciaga, Eduardo Rabasa, Víctor Santana y Carlos Velázquez, la mejor mesa del encuentro. Se hace un recuento de las mejores autobiografías escritas por estrellas de rock, destacando aquella de Ozzy Osbourne, “Im Ozzy (confieso que he bebido)”, en donde se narra cómo “su tarta de hachís rancio puso a un bondadoso párroco en los umbrales de la vida eterna”. La siguiente mesa es una conversación entre Julio Patan y Felipe Rosete, pero yo ya estoy muerto y en un ataúd, como Bela Lugosi.

Corrían rumores de que Alfonso André tocaría en la plaza Miguel Auza. Había conversado con Lydia de que el nombre de mi hijo tenía mucho que ver con el del baterista de Los Caifanes. Justo a media noche, cuando yo recién libraba la marea de varios días, me llama la periodista, iba a presentarme al baterista famoso. Me acerco y me hace una fotografía con él, le digo al Alfonso que le voy a obsequiar mi libro; Lydia ya le había comentado que el nombre de mi hijo se debía a su honor, siento pudor y salgo a fumar, a tomar aire fresco, en donde me encuentro a uno de sus músicos, quien ha trabajado con La Barranca, Monocordio y Arreola + Carballo. La noche se centra en nosotros dos, de la zona roja a su habitación y de vuelta, planeamos la música incidental, el score de Una pastilla más para que pase el dolor, conversamos sobre libros y música, escuchamos el proyecto Robapalabras una y otra vez hasta que amanece, las nueve de la mañana. “El hombre necesita dormir lo justo”. De nuevo Kafka comienza a reírse desde su tumba en el cementerio judío de Olsany. And I don’t know why.

Día 4

Turns me off

Despierto a las dos de la tarde. Estoy listo para irme, pero antes quiero desarticular toda la cruda de los días anteriores. Me voy con Pámanes a los “Burritos de la Palma” y terminamos en las Quince Letras hablando de los bares y las cantinas más viejas del mundo. Me siento tranquilo, pensé que beber a ese ritmo a los 32 años me haría saltar en pedazos, me desrielaría, pero estaba completo. No sé si lúcido, pero íntegro. Me informa Pámanes de su interés por escuchar a Brenda Lozano, y me tomo la del estribo para agarrar valor. Salgo de las Quince, reposo el alcohol en el hotel por unos minutos y me dirijo por cuarta ocasión al Museo Zacatecano a escuchar el cómo se debe hablar de literatura; si me preguntan qué entendí de la presentación de Brenda, no sabría responderles. So I, I turn ‘round.

Terminé en el Refugio de nuevo, bebiendo con escritores emergentes y escuchando a Rancid y Magneto. Las piernas me temblaban, si bebía un huitzila más estallaría en una masa verde como un Gremlin al microondas. Ansiaba un colchón cualquiera en medio de la nada, un sarcófago, paletadas de tierra, tierra sobre tierra firme. Debía largarme, y justo en ese instante, arribó mi tren de Clonazepam. Oh, it turns me off.

 

 

 

>Alfredo Padilla es narrador, periodista cultural y orgulloso papá de André. Estudió comunicación en San Luis Potosí. Escribe sobre literatura, música y cine para varias revistas y periódicos del país. Ganador del Premio Manuel José Othón de Narrativa 2014. Twitter: @_PadillaAlfredo

Autor: administrador

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