Destino equivocado

 

 

Por Testigo Colaborador

 

El comandante Pinzón y sus hombres estuvieron horas afuera de la aduana de Manzanillo, a la espera de que la camioneta que llevaba la carga que debían custodiar atravesara la reja de salida. Esta vez se había demorado más que de costumbre y ya comenzaban a desesperarse. Una primera camioneta, de la misma empresa de paquetería que la que estaban esperando, había salido media hora antes y como no les hizo el cambio de luces lamentaron que no fuera la suya. Canturreaban otra vez la misma canción cuando un vehículo traspasó la caseta de vigilancia y lanzó las altas. Encendieron motores y se fueron detrás de él hasta su destino en la Ciudad de México.

El teléfono de Pinzón registraba veinte llamadas perdidas cuando salió de bañarse. Devolvió la llamada y se enteró que los 500 kilos de droga que dos días atrás supuestamente había custodiado no habían llegado a su destino. “Eso no es posible, nosotros vigilamos la camioneta hasta que ésta entró en la bodega, no hubo manera de que se la chingaran”, aseguró. Su interlocutor, que ya había hecho algunas indagaciones, le dijo que la gente de la aduana se había equivocado al momento de cargar el vehículo y que la droga la habían puesto en otra camioneta. “Tenemos 48 horas antes de que reviente el pedo. Hay que recuperar esa carga”, indicó.

Pinzón se fue en avión a Manzanillo. Con un legajo de papeles que mostró, pero que nadie leyó, logró ingresar a la aduana y revisar los registros de la empresa. La carga que buscaban había sido despachada a Atizapán, a una empresa mueblera. De regreso en avión llegó al anochecer a la fábrica, tocó, salió un vigilante y de inmediato lo sometió. Después de algunos puñetazos y cachazos, el custodio confesó que el gerente se había dado cuenta de la existencia de la droga pero que por miedo había ordenado que esa misma tarde se metiera en los tambos de la basura y éstos ya habían sido recogidos.

Casi a la media noche, Pinzón llegó al tiradero a cielo abierto donde el camión que había recogido la droga vaciaba su carga. Repartió dinero entre unos veinte pepenadores y comenzaron a escarbar entre las cientos de toneladas de desechos. Salían ya los primeros rayos solares cuando varios vehículos militares llegaron y los soldados comenzaron a rodear el lugar. Inteligencia militar había rastreado el cargamento y había hecho el mismo recorrido que Pinzón con algunas horas de retraso. El comandante fue detenido, aguantó las presiones y no delató a nadie. Fue condenado a 18 años de prisión. El tiradero fue removido durante dos días con la ayuda de maquinaria pesada. La droga nunca apareció.

 

Foto: Marcos Betanzos

Foto: Marcos Betanzos

 

 

>Testigo Colaborador ha sido en los últimos años reportero de la fuente policíaca para dos diarios capitalinos. Se forjó profesionalmente a finales de los noventa, cuando el Distrito Federal registró la tasa de criminalidad más alta de todo el siglo y era la ciudad más insegura de México. Desde hace cinco años cubre narcotráfico y las secuelas de la llamada “guerra” contra el crimen organizado. Conocedor de la diferencia entre periodismo y ficción, ha dejado para esta bitácora sus elucubraciones personales, a la espera, como ocurre en las investigaciones ministeriales, de que surja un dato que un día las saque del Archivo Provisional y las convierta en una obra resuelta.

 

Autor: administrador

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