Defensas y mezquindades

Por Sampaio do Porto

 

Los inocentes y los súper hombres, que para mí son lo mismo, piensan que hay tragos que no dejan cruda. Lo cierto es que cualquier sustancia en exceso, si sobrevives, deja rastros dolorosos, incluida la buena ginebra. Digo esto porque aquella mañana me desperté en una tumbona lleno de piquetes de mosquitos y con un dolor de cabeza infernal. La noche anterior me excedí con los dry martinis, pero qué buenos tragos me tomé.

Cuernavaca está destrozado, poco queda de aquel pueblo hermoso que maravilló a tantos. Quizá la mejor imagen de su caída es la avenida Álvaro Obregón, que pasa junto al jardín Borda. Sólo a un gobernante muy corto de miras se le ocurre romper la calma de un bello centro histórico con tal de que los coches avancen más rápido hacia quién sabe qué piscinas.

Pese a la estulticia de los gobernantes, en Cuernavaca aún sobrevive un tesoro: sus restaurantes con jardines. Hay varios y son espacios para el deleite. Si bien a los restaurantes se va a comer, la comida es una excusa para beber y charlar. Por eso me gustan los que son espaciosos y ayudan a evitar oír los chistes de otras mesas.

En aquella cruda ocasión necesitaba proteínas, así que me dirigí a Don Atilio, en la calle de Galeana, que tiene una terraza muy agradable, cubierta por un techo retráctil y que da a un jardín lleno de flores. El clima era templado, ideal para pasar la tarde en un exterior.

Pedí un chorizo, una papa horno, un asado de tira, un bife de chorizo en su punto y una ensalada de jitomate y cebolla. De tomar me pedí una botella de vino tinto malbec. Mientras esperaba la entrada y la bebida pensé en el recibimiento que tuvo mi texto anterior. Caramba, no sólo lo tildaron de banal e insulso, que puede serlo, alguien dijo que escribo de libros como señor en calzones mientras ve el futbol, o como Raquel Revuelta, el ridículo personaje español que reseña películas en youtube. Y todo porque me atreví a hablar de tres cosas a la vez: la indecencia de mis vecinos, de la comida de la Casa Portuguesa, y de la novela Umami, que no me gustó (cosa que argumenté) y de la faja, que me pareció banal y especialmente engañadora.

Lo mejor de todo es que también leí por ahí que todo aquello fue una elegante defensa del periodismo cultural. Claro, ni la defensa Benoni en ajedrez es tan bella y simple.

Por fin me trajeron el chorizo y el vino. Por ineptitud de alguien, sólo había pan suave y dulzón, lo cual me pareció un error. Para mi chorizo quería pan de costra firme y un poco de sabor ácido. Lo pedí y el mesero me dijo que no tenían. Un buen restaurante de comida argentina no se puede dar el lujo de no tener pan con distintos grados de sabor y firmeza. En fin, son banalidades. El chorizo estaba bien cocinado y al acompañarlo del primer trago de vino cambió la perspectiva de la cruda.

La tarde anterior, antes de emborracharme, terminé de leer Las bestias negras, tercera novela de Jaime Mesa. Su prosa es eficiente y carece de flores. A muchos, como a mí, esto les puede parecer una virtud. Detesto los rodeos y las frases engorrosas, lo que hace que la prosa de Mesa me atraiga. Sin embargo, no veo por qué evita en pos de la parquedad, imágenes potentes y frases que merezcan ser aforismos. Claro que hay alguna en la narración. Por ejemplo, cuando dos mujeres se besan, escribe: “era un acto de una animalidad materna. Como dos lobas protegiéndose del mundo”. Resulta una lástima que nos de este tipo de descripciones a cuentagotas. Por supuesto, también tiene descuidos que quizá no relucirían en otro texto, pero como su prosa es tan meticulosamente llana, saltan mezclas de palabras tan burdas como esta, que habla sobre otro beso (Jaime Mesa podría ser Jaime Cama, recordemos que su novela anterior es de una adicta al sexo), “Se besaron con una brutalidad ansiosa y tierna”.

El escritor Jaime Mesa.

El escritor Jaime Mesa.

Cuando llegó el asado de tira, ya iba por la tercera copa de vino. Cuando estoy crudo bebo con brutalidad ansiosa y tierna. La carne no estaba en el punto en el que tenía que estar, era un buen trozo pero lo sentí un poco seco y la carne seca, pese a que a los mexicanos les gusta, es una aberración. La papa estaba perfecta, pero si no sabes cocinar una papa y ponerle una salsa encima, no abras un restaurante.

El bife me devolvió la esperanza de comer bien, en realidad no podía estar mejor, la calidad de la carne era muy alta y quien la manipuló en el fuego lo hizo como se tiene que hacer: los tonos y la textura crocante del exterior acompañaban perfectamente los del rojo jugoso del interior. Ni siquiera le faltaba sal. Ahora, como me la trajeron en una plancha caliente, casi pierde su punto gracias a que los meseros no entendieron la urgencia de mi petición de pasarla a un plato. La ensalada de jitomate con cebolla complementó el sabor y refrescó mi garganta, cosa que agradecí.

La novela de Mesa nos cuenta las andanzas de Eliseo de Sota, el encargado de la cultura de algún lugar de provincia (así dice él), que hace lo que puede para mantenerse a flote y, de ser posible, adquirir más poder. Su estrategia para lograrlo es nadar de muertito: “Eliseo se había cubierto de una piel, blindada, de tonto, de incapaz, para avanzar sin esfuerzo en un mundo de competencia desleal. Era el tonto del pueblo para el resto. También para su gente”. Y esperar el momento adecuado. Pero todo se le complica cuando un fotógrafo lo captura besando a un hombre (Marcelo Combs, hijo de Lynda Combs, personaje de la novela anterior de Mesa, Los predilectos) y le da la fotografía al jefe de su periódico, Eucario, un tipo que envidia a Eliseo y lo detesta.

Mesa desarrolla muy bien a varios personajes, nos muestra los temores y las motivaciones que les permiten seguir bajo el mando humillante de Eliseo. Sin embargo, se olvida de uno de ellos. Y no es que quiera meterme a decidir por el autor qué personajes han de tener más profundidad que otros. Pero si Eliseo tiene tres asistentes y Mesa nos explica muy bien a dos de ellos, a Reza y a Jimena, es extraño que se olvide del tercero, Leonardo Osorno, al punto de que simplemente sobra en la novela. Eliseo podría haber tenido dos asistentes y la novela seguiría igual. Osorno es un fantasma innecesario y sin gracia.

Una vez planteado el conflicto del beso y de la difícil relación que tienen las asistentes con su jefe (sí, incluyen sexo), la novela pudo haber caminado hacia el precipicio (en el buen sentido), se podrían haber desencadenado los infiernos, todo estaba puesto para explorar la condición humana en sus escondrijos mas abyectos. Pero en Las bestias negras no pasa nada, la caída es tan mediocre como el personaje.

Lo anterior no es necesariamente un defecto, en realidad es cuestión de gustos. Pero disfruto de la tensión dramática, y por favor, no confundamos esto con las pistas de las malas novelas negras, me refiero al oficio de saber tirar el anzuelo e ir jalando hacia la lancha a quien lo coge, con cuidado y arte. Al final, somos la pesca del día de quienes cuentan historias.

Los escritores deberían preguntarse por qué alguien que no los conoce y que pagó por su libro va a querer llegar hasta la página 100. A veces da la impresión de que escriben convencidos de que los lectores estamos obligados a encontrarle la belleza, la chispa y la agudeza a sus textos. Como si no hacerlo fuera problema nuestro. Si Mesa se hubiera preguntado lo que sugiero, la novela tendría más cuidado en sus movimientos seductores, o eso me parece. El final es de los que me gustan, lástima que hay que llegar hasta ahí para emocionarse. Si el joven escritor quería que nos sintiéramos como Eliseo, lo logró.

Pese a lo anterior, que podría sonar reprobatorio, creo que Mesa es un escritor: tiene una prosa efectiva, sabe desarrollar personajes y tiene un estilo propio, lleno de lascivia. Sin duda leeré su siguiente novela.

Dos cosas desentonaron con mi bife: el solista cantó el unicornio azul, cosa que siempre me amarga, y los de la mesa de al lado trataron a uno de los meseros como si no fuera una persona. Me levanté y les reclamé sus malos tratos. Además de comer carne demasiado asada, los mexicanos creen que maltratar a quienes los atienden, a quienes tienen menos recursos económicos y menos educación formal, es un gesto de poder, de aristocracia, de buen gusto. En realidad sólo muestra su mezquindad. Pero así es en todas partes en este país, los invito a escribir una reseña, verán cómo les va.

De postre pedí un pay de limón que resultó perfecto: buena costra, textura y temperatura. La mezcla de ácido y dulce era divina. Luego tomé café y anís con un hielo. En ese momento el sol ya no estaba colgado sobre nosotros así que abrieron el techo plegable. El clima era la gloria, entonces me tomé otros tantos anises y pensé en la cantidad de Eliseos de la Sota que dirigen la cultura de nuestro país y dan becas, hacen listas y asignan presupuestos.

Las bestias negras

 

>Sampaio do Porto nació en la ciudad de México. Ha dedicado su vida a comer, beber y leer. Siempre que puede despotrica de sus conciudadanos. No terminó ninguna carrera, “ni hace falta”. Su Twitter: @sampaiodoporto

Autor: administrador

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