La mexicana

Por Testigo Colaborador

 

Cristina vio el signo de la desgracia cuando la agente de migración en el aeropuerto de Heathrow, en Londres, le preguntó el propósito de su visita. Vaciló unos instantes en responder, pero una vez que recobró la entereza, en buen inglés, dijo que estaría un par de meses de vacaciones. La oficial levantó una ceja manifestando su incredulidad e inquirió por qué había sido un hombre británico quien había adquirido el boleto de avión y no la propia Cristina. La mexicana respondió que era más barato que un amigo se lo comprará en Inglaterra que ella pagarlo en México, y así lo habían hecho.

Las respuestas no convencieron a la agente, quien ordenó separar a Cristina del resto de los pasajeros y conducirla hacía un cubículo dentro de la misma terminal área. Llegó otra oficial de migración y con lupa revisó los documentos de la mexicana, su equipaje y tras hacerle una serie de preguntas repetitivas sobre su actividades en México y sus intenciones en el Reino Unido, le comunicó que el Gobierno de Inglaterra había decidido negarle la entrada.

Cristina fue subida a una furgoneta con las ventanas tapiadas de malla de alambre. Frente a ella estaba una mujer africana a quien también se le había negado la entrada porque los agentes migratorios tampoco habían considerado convincente su deseo de vacacionar en los páramos de la Reina Isabel II. Cruzaron algunas palabras sobre su infausta suerte y cada una se quedó en silencio mirando cómo las luces de la terminal aérea perdían brillo a la distancia.

Al siguiente día, Cristina fue subida a un avión de British Airways con destino a la Ciudad de México. Su pasaporte fue dejado en custodia de una sobrecargo, quien no se lo entregó hasta que la aeronave aterrizó en suelo mexicano. Tras recoger su equipaje y extraer su teléfono celular, Cristina vio los mensajes de su novio, un informático londinense con el que había planeado casarse durante su estadía en la isla británica. “Ahora entiendo por qué en las obras de Shakespeare los amores son imposibles”, escribió en uno de ellos el acongojado enamorado.

 

 

 

>Testigo Colaborador ha sido en los últimos años reportero de la fuente policíaca para dos diarios capitalinos. Se forjó profesionalmente a finales de los noventa, cuando el Distrito Federal registró la tasa de criminalidad más alta de todo el siglo y era la ciudad más insegura de México. Desde hace cinco años cubre narcotráfico y las secuelas de la llamada “guerra” contra el crimen organizado. Conocedor de la diferencia entre periodismo y ficción, ha dejado para esta bitácora sus elucubraciones personales, a la espera, como ocurre en las investigaciones ministeriales, de que surja un dato que un día las saque del Archivo Provisional y las convierta en una obra resuelta.

Autor: administrador

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