Contra el alarde de ser mujer

Por Orfa Alarcón

 

Fue liberador en cuanto lo decidí: no volveré a presentarme en un evento de género.

Desde hace mucho me venía irritando el tema pero la incomodidad se me acentuó a partir del último evento de mujeres al que fui. Se trataba de una mesa de editoras, en la cual estuve rodeada de mujeres por demás inteligentes, cada una de las cuales contó su experiencia en el mundo editorial. La mía no era la de la queja: el mundo editorial es muy bondadoso con las chicas, les permite ascender laboralmente aunque a veces ni están preparadas, ¿por qué? Porque son bonitas, son simpáticas, pueden ir por cualquier autor y hacerlo firmar un contrato abusivo, pueden convencer al equipo de ventas de que aumenten el tiraje del libro que está por sacar, puede lidiar con el equipo de producción y, si se les descompone la computadora, obtienen inmediata atención del departamento de sistemas con una bonita sonrisa.

En fin, cada una de las editoras intervenía con claridad y seriedad, hasta que una de ellas se abrió la blusa, se sacó un seno y se puso a amamantar a su bebé. A partir de ese momento, no importaría lo que ninguna de nosotras dijera: jamás podríamos competir por atención con una teta, un bebé bonito, y comentarios tiernos como “en nuestra editorial quien hace la corrección de estilo es mi niño”.

Inmediatamente me molesté por la falta de respeto: si el bebé tenía que comer en ese preciso momento o moría, creo que ambos podían pasarse al lado del público y alimentarlo, no anular lo que cualquiera de nosotras tenía qué decir. Claro que me llené de ideas a partir de ese momento: desde que mi mamá me había amamantado y jamás había pedido una medalla por eso (jamás había reclamado atención por eso, recuerdo a las madres de mis amigos, y a mis tías, y están en la misma situación: sólo hicieron lo que tenían que hacer), hasta que nunca vería en una mesa de sólo escritores a alguno que ridiculizara su labor con comentarios tan cursis como “mi bebé tallerea mis textos”.

Desde entonces he evitado participar en eventos exclusivamente femeninos: no quiero verme en otra mesa donde se pierda la perspectiva de lo profesional y se recurra al chiste.

No me asusta verle los senos a nadie. Me molesta una exhibición de senos cuando es difícil mantener la atención porque no estamos tratando temas divertidos ni populares (específicamente, cuando estamos tratando un tema tan aburrido como la supervivencia de las editoriales independientes).

He pensado mucho al respecto. Un escritor, maestro, y gran amigo, me acaba de invitar a un evento con motivo del día de la mujer. Es difícil decirle que no porque, para ser sincera, le debo mucho (él tiene mucho qué ver en el hecho de que yo escriba, fue de mis primeros maestros, seguimos trabajando muy de cerca y es de las personas que siempre están compartiendo y compartiéndose a los demás).

He pensado y repensado lo que tendría que decir sobre literatura escrita por mujeres, y mi mente se queda en blanco. Yo no divido a la literatura por géneros. Lo mismo he llorado con la obra de Ian McEwan, la de Jeffrey Eugenides, la de Rosario Castellanos, la de Elfriede Jelinek, la de Rulfo, la de Sada, la de Garro, la de Somerset Maugham, la de Emily Brontë.

No necesito, vaya, que un libro haya sido escrito por una mujer, para que me toque el alma.

No creo tampoco en la necesidad de agruparnos como mujeres, mucho menos tratándonos de mujeres escritoras. Primero, porque la obra literaria se construye en soledad. Segundo, porque la vida larga o corta de nuestra obra debe depender de su calidad y no de nuestro género. Tercero, porque al agruparnos como mujeres seguimos lanzando un mensaje: somos débiles, nos agrupamos porque de otra manera no podemos luchar contra este mundo opresor. Si en realidad creyéramos en nuestra capacidad, en la calidad de nuestra obra, no necesitaríamos esta serie de eventos para validarnos.

No voy a eventos a los que me invitan para cubrir una cuota de género, incluso me parece ofensiva una oferta de ese tipo. Voy cuando lo que hago les resulta interesante y de ahí surge la invitación. No voy a eventos en los que se exalta a la mujer como diosa, dadora de vida, portadora de la palabra, reina, poeta, madre, perfección caminante… esas cosas pierden toda perspectiva de lo que somos como mujeres: somos seres humanos. No valemos más ni menos que ningún hombre. No somos ninguna raza superior. Sólo somos seres humanos.

Sé que la lucha feminista ha permitido que el mundo sea lo que es ahora, pero creo que hay peticiones caducas y exigencias que salen sobrando.

Ya pasé por el mundo laboral: la lucha desleal es hacia hombres y mujeres. No me conmuevo ante el llanto de “como soy mujer, me pagan menos”, pues he aprendido a trabajar bien y yo soy quien le pone precio a mis servicios, no creo en el “pagan poco”, “no me contratan”, porque yo ofrezco mi trabajo y éste prácticamente se vende solo. Mi obra genera dinero gracias a mi agente, una mujer mucho más brillante que yo, así que ese cuento de mujer es sinónimo de explotada, no me lo creo, porque teniendo una de las profesiones menos lucrativas que pueden existir, he podido sobrevivir, y sobrevivir bien.

Ya pasé por el mundo literario: en este país donde el consumo editorial es principalmente el de la auto ayuda, quienes hacemos literatura la tenemos muy difícil, seamos hombres o mujeres.

Ya pasé por (y estoy en) el amor: vivo con un hombre que está a mi nivel, hemos dedicado los últimos años a crecer dentro de un ambiente de respeto hacia nuestra obra personal y hacia nuestra individualidad.

En resumen: no creo en la actitud perdonavidas de ceder a la mujer un espacio sólo porque es mujer. Sí creo en darle espacio a quien cree obra potente y digna de ser leída (sin distinción de género). No creo en la energía que se invierte para gritar que queremos liberarnos de cualquier tipo de opresión. Sí creo en invertir esa energía en la liberación más que en alarde.

No quiero que se me perdone nada porque soy mujer. Y sin embargo sé que se me perdonará sin que yo lo pida: si este texto hubiera sido escrito por un hombre, le equivaldría a ser expulsado de la comunidad cultural mexicana. Conmigo simplemente se enojarán tres o cuatro personas cuya amistad no me resulta significativa.

No quiero que se me festeje porque soy mujer. Es una condición que amo pero no trabajé para ganármela. Así nací. Si un día se me festeja o aplaude algo, que sean mis logros. Algo que me cueste.

No ser mujer.

No.

Ilustración: Priscila Marichalar.

Ilustración: Priscila Marichalar.

 

 > Orfa Alarcón es escritora y editora, autora de Perra Brava (Planeta, 2010) y Bitch Doll (Ediciones B, 2013).

Twitter: @Orfa 

Autor: administrador

Comparte esta publicación en

Comentarios

  1. […] Facebook circuló en mi pantalla un artículo de opinión llamado Contra el alarde de ser mujer (http://letrasexplicitas.com/contra-el-alarde). Pese a que yo también considero que muchas consignas “de género” que resaltan el […]