Confesiones de un vicioso

 

 

Primer acto

Por Orlando Cruzcamarillo*

 

La conocí como muchos de sus clientes lo hicieron, caminando por la calle  de San Pablo, en el barrio de La Merced. Otros, más adinerados y de costumbres más bien noctámbulas, contrataron sus servicios por los rumbos de Sullivan. Ella emprendía sus labores alrededor de las tres de la tarde, cuando el bullicio peatonal es intenso en el centro de la ciudad. En el fragmento de calle que se encuentra entre Roldán y Jesús María, se asientan, en su mayoría, negocios de bicicletas, productos naturistas, cúmulos de vendedores ambulantes y, sobre todo, numerosas prostitutas. Ella estaba ubicada en la entrada de una tienda naturista, dejando entrever, a un lado suyo, los complementos vitamínicos y los tés chinos que se exhiben en un aparador de amplios vitrales. Su pose no era como el de las demás chicas, de frente hacia la calle, ostentándose plenamente  ante los posibles clientes. Ella estaba de perfil, con la cabeza un poco inclinada y su larga y lacia cabellera cayéndole por las sienes, ocultándole levemente el rostro. En ese momento no le tomé mayor importancia a su peculiar postura, porque su espectacular silueta hizo que mi atención se posara en otras partes de su cuerpo. Y después de mirar a varios hombres, que se le acercaron para preguntarle por los costos de sus servicios, sin que se animaran a emplearla, fui en pos de su dirección. Lo hice no sin antes, pasar cuatro veces frente a ella sin que me atreviera a detenerme. Y así, con los nervios alborotados, porque sentía que toda la gente me veía, me animé a hablarle hasta la quinta vuelta. Después de acercarme con discreción, le pregunté apenas con un susurro, ¿cuánto cobras? Ella me acercó un poco su semblante para soltar: ¡¿Quéee?! Aclaré mi garganta y sin despegar mis ojos de los suyos para evitar los de los chismosos que nos miraban, volví a preguntar. ¿Qué cuánto cobras? Si lo quieres normal ciento cincuenta pesos, respondió. ¿Y anormal?, pregunté intrigado. Como era de preverse, me miró feo por la ocurrencia, pero aclaró el punto. El normal es de la cintura para abajo y con una sola pose, si quieres desnudo completo son cien pesos más y por cada posición que quieras de más, son cincuenta; incluye el hotel. ¿Cuánto tiempo?, pregunté.  De quince a veinte minutos, dice un tanto fastidiada. ¿Tan poco?, apenas lo que me toma excitarme, protesté.  No te preocupes, el minuto que te va tomar venirte no te lo cobro, reviró. Yo sonreí, ella no. Ahora que si quieres la media hora son quinientos. No dije nada, sentía un escozor en la espalda provocado por los ojos fisgones que pasaban a nuestro alrededor. De repente, me preguntó impaciente, ¿vas a ir? Me le acerqué un centímetro más para contestarle con otra pregunta. ¿Y qué es lo que incluye el servicio de los quinientos pesos? Desnudo, puedes acariciarme todo el cuerpo y te doy las poses que quieras. Regalado para una visita al paraíso, le dije mientras hacía cuentas mentales y rebuscaba entre las moneditas de mi bolsillo algún billete. Tenía que entrar o alejarme con dignidad; bastante trabajo me había tomado acercármele y aturdirla con tanta pregunta técnica y, ahora, salirle con: ¿y para qué me alcanza con setenta pesos? o ¿tú sí aceptas moneditas de cincuenta centavos? Así que armándome de valor, le hice la última pregunta.

 ¿Cuánto por tus labios?

El escritor Orlando Cruzcamarillo (Nezahualcóyotl, 1978). Foto: UACM

El escritor Orlando Cruzcamarillo (Nezahualcóyotl, 1978). Foto: UACM

Ante la pregunta los múltiples semblantes de las prostitutas reaccionan con asombro, indiferencia, furia y hasta asco. Y después de unos segundos, surgen las respuestas titubeantes y pausadas: “No, así no trabajo”. Y advierten: “Nadie te trabaja así”. Algunas son displicentes y emiten un escueto “no”. Ya sea sonoro o mudo, la negativa es absoluta. Otras son más violentas. “Ni por nada del mundo te besaría”. “Ni que fueras mi viejo”. “¡Pinche cochino!”. La repugnancia y  hostilidad que reflejan sus gestos es imperiosa. No importa el matiz de sus palabras, el significado es definitivo: No besamos.

En la prostitución hay códigos no escritos que se deben respetar. Y el beso, el acto erótico y amoroso por excelencia, nunca se debe  asentar en el catálogo de servicio, por muy variado o restringido que ésta sea. El hacerlo significa para la gran mayoría de las mujeres una traición a sí mismas y a su profesión, puesto que ellas se encaman con desconocidos por necesidad económica y no por placer. Desde los cuchitriles cochambrosos en la Merced, hasta los hoteles de cinco estrellas en Reforma, las sexoservidoras se detienen ante la idea del intercambio comercial del beso. Y aunque hay nimias excepciones, son eso, excepciones que hacen la regla.

 

Aún cuando las fantasías sexuales más exóticas se pueden negociar, tan sólo es cuestión de portar una vigorosa cartera y hallar a la chica adecuada, los besos tienen prácticamente una nula posibilidad de sobrevivir al convenio. Esos mismos labios deseados que se niegan al beso pueden, sin mayor problema y previo acuerdo económico, deambular dócilmente por la piel del cliente en turno, juguetear con su cuello, deslizarse sobre la espalda y el pecho hasta precipitarse sobre la dureza del miembro o la cavidad  vaginal (dependiendo del tipo de servicio: heterosexual, homosexual, bisexual… omnisexual). En tanto, otros labios, con menos paga y menos tiempo, se abocan sin tanto escarceo a las mismas faenas del sexo oral. Y otras mujeres (que son las menos) se aventuran a sugerir el francés sin protección, claro, a una tarifa más elevada. O están las prostitutas de la tercera edad, esas ancianas que deambulan penosamente por las calles de La Merced, ofreciendo sus servicios por algo menos de cincuenta pesos: “Te la mamo sin condón, sólo dame para un taco”. Esas bocas están más dispuestas a probar el sudor de una piel anónima, el látex envolviendo un pene erecto y hasta el cálido semen, que paladear la saliva de una boca extraña. De hecho, las chicas más desinhibidas pueden ofertar una amplia gama de fantasías sexuales. Incluso, las más arduas y osadas como orgías y sadomasoquismo, son concedidas con más facilidad que un humilde y tierno beso. Es el caso de “La Puta”, una chica que se anuncia de esa manera en su página de Internet. De entre toda la diversidad de servicios que ofrece, resalta y recomienda la posibilidad de un gang bang. Es decir, un encuentro sexual entre ella y diez hombres al mismo tiempo. Y sólo por la módica cuota de cinco mil pesos. “Les tocaría de a quinientos pesos por persona”, resalta. Eso sí, en su sección de preguntas y respuestas aclara que no da besos. Otra chica en Internet provocativamente suelta: “Puedes venirte en mi boca”. Pero de besos ni hablar. Un cliente asiduo a la zona de la Merced y con amplia experiencia en los hoteles de paso, relata que una vez se tropezó con una mujer dispuesta a aceptar la cópula sin protección alguna, pero con una renuencia total hacía el besuqueo. Y no es que las mujeres fáciles se hagan las difíciles, sino que se hacen reales, cada una con sus razones ante la posibilidad del beso. Y no es hipocresía.

 

El beso es la expresión humana más llena de significados: cariño, respeto, amor, admiración, pasión, deseo… Sentimientos que convergen en una verdad unánime: la afinidad voluntaria hacia la persona que se besa. El acto trasciende la sola carnalidad y se instala en la espiritualidad e intimidad de cada individuo, donde  la libertad por entablar o mantener un vínculo afectivo y/o sexual es fundamental. De tal suerte que los encuentros eróticos y sexuales (aún los acostones de primera vista y única vez) se explican al ser actos de mutuo consentimiento. Siendo personas absolutamente extrañas entre sí, en ese instante se vuelven cómplices, cautivadas por el mutuo deseo de placer.

 

Libro surgido de conversaciones con mujeres en el viejo barrio de la Merced. Foto: UACM.

Libro surgido de conversaciones con mujeres en el viejo barrio de la Merced. Foto: UACM.

Qué significa y qué puede representar un besuqueo tan normal en los adolescentes, que las sexoservidoras no lo toleran. Es precisamente el estar consciente de que el beso es un placer voluntario y por ende sin precio, y que únicamente se debe brindar a la pareja. Aquí la pareja es, o puede ser, el padrote que las explota. Aún en estos casos, donde se violenta a la mujer físicamente y/o  emocionalmente, hay un difuso ánimo de voluntad propia y de autoengaño por parte de ellas al besar a su pareja. “Sólo beso a mi viejo”. “Besarlo es diferente”. “No sé…, sigo enamorado de él…”. Y en el caso de las casadas expresan: “Solamente beso a mi marido, aunque ya casi no hacemos el amor, trabaja de mesero y siempre llega cansado”. En otros casos, donde la sexoservidora no tiene pareja, hay una esperanza de encontrarla y así regresar a una vida normal: “Al único que besaría es con quien me voy a casar”, dice con ilusión una chica que trabaja en la calle de Sullivan. ¿O sea que  tienes novio?, le pregunto. “No”, responde y agrega, “pero va llegar”. Una hermosa mujer de Michoacán, confiesa que no sólo no besa a sus clientes, sino que evita hasta encender la luz de la habitación. Evita exhibir a plenitud su pubis o sus redondos pechos, y mucho menos se permite sentir placer. En las escasísimas  veces que comienza sentirlo, sólo le basta mirar un punto fijo en la pared para bloquearse y diluir esa vaga sensación. Todo eso lo atesora para ofrendárselo al hombre de quien se enamore. En tanto una guapa rubia, originaria de Sinaloa, ni siquiera tolera un mínimo de confianza entre ella y el cliente: “Yo estoy aquí para dar un servicio, no para escuchar ni para contar mi vida”, dice categórica. Lógicamente no permite los besos, ni siquiera sobre su impecable piel, sólo acariciar. El servicio completo que sugiere incluye la estimulación oral (por supuesto con condón), todo por quinientos pesos. Otra mujer, bastante fea, que trabaja por cien pesos el “rato”, ante la pregunta reacciona de forma colérica: “Ni que fueras mi novio, pinche cochino…”. En ese momento quiere seguir los insultos, su furor es tal que su boca se traba y sólo termina emitiendo una mirada de repulsión y asco. Pero la mayoría ante la pregunta, responden con total certeza: “Así no trabajo”. Una chica de figura robusta pero bien proporcionada es más explícita: “Si pagas el desnudo puedes besar y mamar los pechos y si quieres puedes bajar”. Es decir: acepta el sexo oral por parte del cliente, pero besos, no. Y acota: “Nadie te trabaja así”. Curiosamente, de forma casual, reconocí a dicha mujer en un vagón del metro. Iba abrazada y acaramelada a un tipo chaparro y bastante feo, seguramente su proxeneta; supongo que a él, aparte del dinero le da los besos. Otra chica apela a un motivo de higiene: “¿Sabes cuántas microbios se pueden trasmitir en los besos?”. ¿Entonces no besas ni a tu novio?, le reviro. “Bueno a él sí, porque es mi novio”. Entonces no es cuestión de salud sino de amor, le digo. La chica solamente sonríe. No obstante las razones de salud son válidas (pues el beso significa el intercambio de por lo menos doscientos cincuenta clases de bacterias), siempre resaltan los motivos de predilección afectiva. Y no es para menos, el beso origina una gran descarga de adrenalina y estimula la secreción de endorfinas placenteras por parte del cerebro, y son esos vertiginosos goces lo que no se quiere compartir con cualquiera. Para ellas es sin duda una expresión de soberanía afectiva, un pequeño y significativo acto de libertad. Una chica que se hace llamar Martha, quien trabaja en la Merced y en Sullivan, se niega a los besos y argumenta: “Son los mismos labios que besa mi hija y le prometí no besar a nadie más… tiene tres años”. El beso es para ellas: intimidad, libertad y placer. Una acción que no debe derrocharse con desconocidos, aún con los clientes más asiduos y agradables. Más que cuestión de fidelidad a la pareja existente o inexistente, es un asunto de lealtad y congruencia consigo mismas.

En el contexto del meretricio, el valor del beso es todavía más elevado en todo sentido (sentimental y económico). Así, se da por descontado que ellas, en su gran mayoría, ofrezcan un acto tan personal en sus servicios. Las escasísimas prostitutas que aceptan los besos, los cobran como lo más oneroso de su repertorio, puesto que los besos pueden representar un sacrificio al provocar un resquicio en su intimidad. La excepción en el oficio muchas veces se da no sin un posterior arrepentimiento. Algunas confiesan un tanto ruborizadas su “error”, al reconocer que alguna vez lo hicieron. “Cuando empecé en esto lo hice con algunos clientes que me gustaron, después me di cuenta que era un error”. ¿Por qué?, pregunto. “Esto es sólo un trabajo”, responde. Con cierta ingenuidad otra chica confiesa que no besa porque se encariña y en este oficio puede ser fatal. Erika, originaria de Hidalgo, relata las secuelas nada agradables de una relación más íntima que estableció con un cliente: “Me enamoré de él, pero la relación no duró y fue bastante sufrida, siempre me reclamaba mi oficio, cuando yo no quería hacerlo siempre me decía que si ya me habían llenado, no pueden comprender que a veces solamente necesitamos un abrazo”. Asimismo aparecen las cuestiones de salud: “Una vez lo hice con un viejo que me ofreció más dinero. Al otro día me salieron un montón de granitos. Desde esa vez, no lo hago ni porque me ofrezcan todo el dinero del mundo”, dice una mujer. Otras son más tajantes: “Los besos me dan asco”.

Existe un reducido grupo de prostitutas que sin mayor problema incluye los besos en sus servicios; sobre todo, las ejecutivas o también llamadas scorts. Sus motivos no son únicamente de cuotas sino, ante todo, de clase. Me explico. Muchas de ellas provienen de familias de clase media hacía arriba, que por decisión propia entraron al negocio del meretricio. No hubo necesariamente violencia ni engaños por parte de los proxenetas, si es que los tienen. Lo que implica que no vean su actividad como una desagradable imposición y, más bien, sea para ellas un fructífero negocio, por lo que aceptan los besos sin tantas reticencias. Además, lo de clase se extiende a todos los aspectos de su actividad laboral y eso también marca una gran diferencia: Hoteles tres estrellas como mínimo, clientes cuando menos bañados en Chanel no. 5, hombres enfundados en trajes de tres piezas y conduciendo un impecable auto. Sus más modestos usuarios suelen ser chicos que se roban la colegiatura de la prepa para cubrir las cuotas de su sexoiniciadora, gerentes de medio pelo que ahorran lo suficiente para obsequiarse una hora de  placentero desahogo, boyantes comerciantes de barrio urgidos de quemar sus ganancias. A años luz de los humildes clientes de sudores impregnados y recursos limitados.

Más allá de toda distinción de clase, existe un reducido número de prostitutas que ejercen el derecho al disfrute que les puede brindar su oficio. En todo caso, depende en gran medida del ánimo y disposición de cada mujer. Para algunas de ellas les basta un cliente atractivo y sexualmente competente. “A veces andas un poco caliente y quieres disfrutar un rato”, se confiesa Paty y concluye, “que te cojan rico y además te paguen, pues está bien, ¿no?”.

 

*Fragmento del libro de crónicas “Confesiones de un vicioso” de Orlando Cruzcamarillo (Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2012). Agradecemos las facilidades otorgadas para su publicación.

 

Autor: administrador

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