Ceremonia

Por Daniel Espartaco Sánchez*

 

Ya desde las primeras citas me daba la sensación de que Maggie y yo teníamos poco en común, pero también es cierto que sabíamos llevar esas diferencias como si no ocurrieran en realidad. A la semana de nuestra primera cena juntos me citó frente a la Secretaria de Salud, en el Paseo de la Reforma, a las cuatro de la tarde, y cuando llegué caminado por la avenida y vi a un grupo de personas con playeras blancas, cartulinas, gorras para el sol y altavoces, tomé nota de que la próxima vez que ella me citara en algún lugar lo mejor era preguntar qué íbamos a hacer. Pues estar en medio de una manifestación en contra del tabaquismo no hubiera resultado ser tan embarazoso de no ser porque justo cuando pude leer los mensajes en las cartulinas —aunque soy miope me rehúso a usar lentes por vanidad— yo tenía un cigarro en la boca y una cajetilla recién comprada en el Oxxo de la esquina en el bolsillo de la camisa, y muchas ganas de fumarme otro enseguida; es más: de encenderlo con la colilla del anterior como lo hacía siempre. Justo entonces recordé aquél silencio en la primera cita que siguió a mi respuesta cuando me preguntó si yo fumaba. La misma sinusitis crónica que le daba un tono tan sexy a su voz y que negaba a atenderse por miedo a la medicina alópata (necesitaba una operación), la apartaba en buena medida del complejo universo de los aromas, en este caso del olor a tabaco de mi chaqueta y de mi persona en general.

—Sí —había mentido—, ocasionalmente. Soy más bien un fumador social.

Pero lo cierto era que yo más bien era un fumador antisocial, un fumador misántropo, y me encontraba en medio de una manifestación en contra del consumo del tabaco. Por lo que pude entrever en los mensajes de las cartulinas, esa gente, muchachitos sanos, deportistas, con camisas de polo y tenis relucientes fabricados en China en condiciones infrahumanas, exigía que la Secretaría de Salud aumentara los impuestos a las tabacaleras y toda clase de restricciones a costa del pobre y honesto consumidor de tabaco nacional.

—¡Qué bueno que llegaste! —gritó Maggie en medio de una veintena de personas que me miraron con desconfianza, de manera más que justificada.

No pareció darse cuenta del cigarro que yo intentaba ocultar en el hueco de la mano: los compraba extra largos porque la cajetilla costaba lo mismo que la normal y así podía fumar más por el mismo precio.

—¿Te gustaría participar? —me dijo.

—Claro, ¿de qué se trata? —pregunté.

O mejor dicho: grazné, como buen fumador.

—Te presento a Felipe.

—Hola, Felipe.

—Hola.

Fumar

Felipe era un muchacho rubio, delgado y alto, de cabellera larga, egresado tal vez de la Universidad Iberoamericana o del ITESO de Guadalajara, pues tenía ese porte gallardo de muchacho de buena familia, de izquierda liberal, educado por la Compañía de Jesús.

—¿Le puedes explicar de qué se trata, Felipe? —dijo Maggie.

—Claro, Maggie.

Yo había apagado el cigarro con una discreta pisada de talón, y aunque ni Felipe ni Maggie parecían haberse dado cuenta, dos tres personas entre la multitud me miraron como perros rabiosos. Al parecer mi sola presencia les parecía una mancha en tan noble causa, cualquiera que esta fuera.

—Estamos exigiendo que el gobierno imponga más sanciones a las tabacaleras, tal como sucede en otros países en los que la legislación….

Creo que Felipe habló durante varios minutos, no le puse mucha atención, aunque asentí a cada momento y me llevé la mano al mentón como hago cada vez que finjo interés. No podía dejar de mirar a Maggie, iba de un lugar a otro de la manifestación, ayudando a pintar en la acera unas siluetas como las que se dibujan en una escena del crimen alrededor de voluntarios en diferentes poses. Luego escribía junto a las siluetas el nombre de alguna enfermedad: enfisema pulmonar, cáncer, EPOC. Fue la primera vez que vi su caligrafía. Una bonita letra. Y bueno, no soy de piedra, me gustaba verla agacharse al trazar las líneas, la manera como sus formas se marcaban en sus pantalones de mezclilla de marca, la tanga que aparecía por encima del cinturón, de color negro, y al parecer de buena calidad.

—¿Qué es EPOC? —pregunté sin darme cuenta, interrumpiendo el discurso de Felipe (luego me enteré de que se llamaba Felipe de Jesús).

—Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica. Pero qué piensas al respecto.

—Estoy de acuerdo con ustedes. Me quiero unir a su causa —dije—. ¿Dónde firmo?

—No hay que firmar nada.

Tenía un aliento agradable, de gente sana que consume grandes cantidades de clorofila. Me caía bien ese muchacho.

—Que Maggie te diga en qué nos puedes ayudar.

Era uno de esos calurosos días de primavera en la Ciudad de México. Faltaban todavía meses para la temporada de lluvias y el sol pegaba con toda su fuerza sobre esa acera del Paseo de la Reforma. El aire estaba reseco y lleno de polvo. Me hubiera gustado ir a algún lado con Maggie a tomar algo, a saber todo sobre su vida, detalles sobre su niñez y esas cosas que tanto le gustan a los enamorados.

—¿Y bien? —me preguntó.

—No debemos dejar que Philip Morris se salga con la suya.

—¿Quién?

—Philip Morris. Una tabacalera.

—Ah. ¿Pero nos vas a ayudar?

—Qué hago.

—Van a venir unos periodistas a tomar fotos. Queremos voluntarios para posar ahí en las siluetas.

—¿En el suelo?

—Claro —le gustaba explicar cosas, y al inicio de nuestra relación a mí me gustaba que lo hiciera—. Cada una de las siluetas representa uno de los males que ocasiona la adicción al tabaco. Fue idea de Felipe, ¿verdad que es muy original?

—Muy bien —dije—, yo escojo EPOC.

—No, EPOC ya está ocupado… a ver… solo queda libre disfunción eréctil, ahí, junto a la banca.

—¿No queda otra?

—No.

—Muy bien

Quise agregar de broma: “disfunción eréctil es mi segundo nombre”, pero no lo hice. Y esa fue mi primera y mi última contribución a las causas liberales burguesas.

Cigarros

 

*Fragmento de la novela Ceremonia, de Daniel Espartaco Sánchez, de próxima publicación.

Autor: administrador

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