Caer es una forma de volar

Por Karen Chacek

 

1

 

 

 

Me despertó el grito de la señora Gelman. Al principio no supe si era parte de mi sueño de la madrugada. Luego escuché a su marido llamarla por su nombre —¡Yuta!—, cosa que hacía únicamente cuando se trataba de algo capital. Me paré enseguida de la cama. A tropezones conseguí despabilarme y llegar a la ventana con vista al jardín vecino.

Afuera amanecía, el cielo tartamudeaba encapotado, caía una llovizna ligera. Los señores Gelman desfilaban como exploradores extraviados en ese cuadrángulo de pasto irregular y arbustos de flores que conformaba su jardín. Ella se daba palmadas en el pecho, como reanimando aquel músculo cardiaco, a veces inclemente, que alojaba dentro. Él la seguía como un sonámbulo con el brazo acalambrado hacia el frente, intentaba arroparla pero ella no se dejaba tocar, volteaba una y otra vez a ver la gardenia arruinada.

¿Qué era ese bulto en el suelo? ¿Un cuerpo? ¿Mija? Agucé la mirada: las ventanas de su recámara en el segundo piso lucían abiertas de par en par. ¿Saltó desde ahí? ¿Cómo pudo hacerlo? El miércoles que lo visité, él con trabajos podía sostener la cuchara del budín de vainilla. La cama clínica seguía deglutiendo en cámara lenta sus tiernos veintinueve años. ¿Cómo pudo llegar solo a la ventana y arrojarse?

Yuta detuvo el paso sin anuncio, se cubrió las orejas y pataleó como si subiera una escalera imaginaria que habría de conducirla lejos de ahí, a años luz de sí misma, del jardín, del mundo. Pero los escalones únicamente la avecinaron más cerca de la tierra húmeda. Se dejó caer al piso, jalando aire a bocanadas grandes. A gatas se aproximó lento al cuerpo de Mija y su largo camisón crema se tiñó de lodo.

Cogió a su hijo del rostro. Lo llamó por su nombre y por todos sus alias. Apretujó su brazo, posó una mano sobre su pecho. Cuando palpó la temperatura de su frente, abrió grande la boca y se tragó el aire del mundo. Un segundo después lo expulsó fuera en un grito que rompió en añicos los cristales de las treinta y tres ventanas de su casa.

—Jacques me lo hubiera dicho —sollozó—. Él me hubiera advertido. ¡Alguien entró a la casa! ¡Dime quién! ¡¿Quién nos hizo esto?! —le reprochó a su marido.

—¡Te juro que dejé la alarma puesta! No entiendo por qué no sonó al abrirse la ventana. ¿Por qué nunca sonó? —se mantuvo repitiendo el señor Gelman, con el pantalón de la piyama orinado y ese movimiento continuo de cabeza que delata a los niños que saben albergar esperanzas sólo por hábito, pues siempre han visto truncados sus deseos.

—Cállate… ¡Despiértame o cállate! —clamó ella.

Corrí al sótano. ¡¿Qué pasó con Mija?!, pregunté a los roedores. Únicamente asomaron la cabeza tres. El nuevo fumigador de los Gelman se había encargado de ahuyentar al resto o convertirlos en diminutas esculturas de jardín.

Conté seis golpes a la puerta. Subí a abrir.

—Yuta…

—Dime si Mija te mencionó algo. ¡¿Qué viste anoche desde tu ventana?!

—Nada —mentí.

 

Con ayuda del tío Avner, los señores Gelman cargaron el cuerpo de Mija de regreso a su recámara. Es un espectáculo desconcertante ver el cadáver de un ser querido engarrotado en una postura similar a la de los insectos que han sido estrujados por la suela de un zapato.

Ese mismo día, el tío Avner tramitó un acta de defunción adulterada y arregló la designación de un espacio en el cementerio, haciendo efectivos los favores que le debía un abogado. Fue un entierro discreto: tres dolientes, un rabino y ocho estudiantes judíos que completaran el quórum de diez varones adultos para llevar a cabo el rezo. A varios metros de distancia, una mirona y tres ratas. Ni rastros de la heterogénea comitiva familiar que acudía a comer a casa de los señores Gelman todos los domingos.

De los tres dolientes en pie frente al hoyo en la tierra, era tío Avner quien lucía más arruinado. Amaba a Mija como al hijo que, sabía, nunca iba a tener. Por la rabia con la que miraba a los sepultureros manejar las palas, supuse que se preguntaba por qué diablos tardaban tanto en cubrir el maldito cajón con tierra. Mija era un afecto elegido y no hay peor dolor que el que se escoge.

El señor Gelman se dio vuelta para no mirar en el momento en que uno de los hombres clavó en la tierra una placa de madera que tenía inscrito con letra de molde el nombre Mijael y la fecha de ese día.

La señora Gelman, en cambio, lucía estoica mientras mantenía con Mija una discreta conversación en “modo silencio”. De haber sido la escena de un filme, no habría necesitado de subtítulos; Yuta vocalizaba de manera impecable al hablar. Le preguntó a su hijo: ¿Quieres verme llorar, tonto? Te hiciste más daño a ti que a mí. ¿Qué hago ahora? ¿Cada cuánto te pondrás en contacto conmigo? ¿Debo decirle a tu clientela que estás enterrado o que estás de viaje?

La cartera de clientes de Mija incluía políticos y empresarios destacados; viejos lobos de mar que acudían a pedirle consejo a ese joven de 29 años a quien apodaban afectuosamente su “pequeño gurú”.

¿Está tu abuelo contigo?, fue la última de las preguntas que la señora Gelman le hizo a su hijo. La mujer permaneció repitiéndola, mientras su marido se ponía cada vez más rojo por el llanto y el tío Avner los remolcaba a ambos del brazo rumbo a la salida del panteón.

Ese frío mediodía, entre lápidas, piedras y olor a tierra seca, comprendí a cabalidad aquello que el roedor pardo me dijo una noche en el sótano: cualquier persona desesperada se precipitará a doblar la realidad en triángulos y rombos con tal de poder sobrellevarla. (Sabiduría de roedores.)

Karen Chacek

 

 

*Fragmento de la novela “Caer es una forma de volar” (Alfagura México, 2016), de Karen Chacek. Agradecemos a la editorial por las facilidades otorgadas para su publicación.

Autor: administrador

Comparte esta publicación en