Born to Run

Por Bruce Springsteen*

 

UNO. MI CALLE

 

 

 

Tengo diez años y me conozco cada grieta, saliente y hendidura de la desmoronada acera que recorre arriba y abajo Randolph Street, mi calle. Aquí, según cómo transcurra la tarde, soy Aníbal cruzando los Alpes, un soldado atrapado en un cruento combate en plena montaña, o innumerables héroes de película de vaqueros recorriendo los pedregosos senderos de la Sierra Nevada. Panza abajo sobre el suelo, junto a los hormigueros que brotan volcánicos donde la tierra y el cemento confluyen, mi mundo se extiende hasta el infinito, o por lo menos hasta la casa de Peter McDermott en la esquina de las calles Lincoln y Randolph, a sólo una manzana.

Por estas calles me pasearon en mi cochecito infantil, aprendí a andar, mi abuelo me enseñó a montar en bicicleta y luché y escapé de algunas de mis primeras peleas. Aprendí la hondura y el consuelo de la amistad verdadera, sentí mis primeras agitaciones sexuales y, en las noches anteriores al aire acondicionado, vi llenarse los porches de vecinos que buscaban conversación y alivio del calor veraniego.

Aquí, en torneos épicos de “pelotas fuera”, golpeé la primera de las cien pelotas de goma Pinky en el bordillo suavemente moldeado de mi acera. Trepé sobre ventisqueros de nieve sucia, amontonada por las quitanieves por la noche, yendo de una punta a otra de la calle, el Edmund Hillary de Nueva Jersey. Mi hermana y yo nos quedábamos a menudo embobados, espiando a través de las enormes puertas de madera de la iglesia de nuestra esquina, observando el eterno desfile de bautizos, bodas y funerales. Acompañaba a mi apuesto y astrosamente elegante abuelo mientras caminaba precariamente dando la vuelta a la manzana, con el brazo izquierdo paralizado contra el pecho, haciendo sus “ejercicios” después de un ictus debilitante del que nunca se recuperó.

En nuestro patio delantero, a pocos metros del porche, estaba el árbol más imponente del pueblo, una altísima haya roja. Dominaba sobre nuestra casa de tal modo que, de caer un rayo bien dirigido, hubiésemos muerto todos como caracoles aplastados bajo el meñique de Dios. Las noches que tronaba y los relámpagos pintaban de azul cobalto el dormitorio familiar, veía cómo sus ramas se movían y adquirían vida propia entre ráfagas de viento y destellos blancos, mientras yo yacía despierto preocupándome por mi amigo, el monstruo de ahí fuera. En los días soleados, sus raíces eran fortificaciones para mis soldados, corral para mis caballos y mi segundo hogar. Tuve el honor de ser el primero en la manzana en trepar hasta sus alturas. Allí encontré un refugio de todo lo que había abajo. Deambulaba durante horas por sus ramas, oyendo las lejanas voces de mis amigos que llegaban desde la acera a mis pies, intentando seguir mis movimientos. Bajo sus brazos durmientes, las noches de verano nos sentábamos con mis amigos, como la caballería al anochecer, esperando el campanilleo vespertino del vendedor de helados y la hora de irse a la cama. Oía la voz de mi abuela que me llamaba, el último sonido de un largo día. Subía al porche delantero, nuestras ventanas brillantes en la luz del crepúsculo veraniego, dejaba que se abriese la pesada puerta y luego se cerrase detrás de mí, y durante una hora o así nos sentábamos frente a la estufa con mi abuelo, él en su sillón, y veíamos cómo la pantalla de la pequeña televisión en blanco y negro iluminaba la sala, lanzando sus espectrales sombras a paredes y techo. Luego, me dejaba llevar por el sueño en el mayor y más triste santuario que yo haya conocido, la casa de mis abuelos.

Aquí vivo con mi hermana Virginia, un año menor que yo, mis padres Adele y Douglas Springsteen, mis abuelos, Fred y Alice, y mi perro Saddle. Vivimos, literalmente, en el seno de la Iglesia católica, pues sólo a un golpe de pelota a través de un descampado lleno de hierbajos están la iglesia y colegio de Santa Rosa de Lima, el convento de las monjas y la rectoría del párroco.

Aunque él nos observa desde las alturas, aquí Dios está rodeado por hombres… hombres locos, para ser exactos. Mi familia ocupa cinco casas, dispuestas en forma de L, ancladas en la esquina por la iglesia de ladrillo rojo. Somos cuatro casas de antiguos irlandeses, la gente que me crió –los McNicholas, los O’Hagan, los Farrell– y, al otro lado de la calle, un solitario puesto avanzado de italianos, que salpimentaron mis años mozos. Son los Sorrentino y los Zerilli, venidos de Sorrento, Italia, pasando por Ellis Island y Brooklyn. Aquí vi­ ven la madre de mi madre, Adelina Rosa Zerilli, la hermana mayor de mi madre, Dora, su marido Warren (irlandés, claro), y su hija, mi prima mayor Margaret, quien, junto a mi primo Frank, son campeones de bailar el jitterbug y han ganado concursos y trofeos por toda la costa de Jersey.

Bruce Springsteen

Aunque no son enemigos, los clanes pocas veces cruzan la calle para socializar los unos con los otros.

La casa en la que vivo con mis abuelos es propiedad de mi bisabuela “Nana” McNicholas, la madre de mi abuela, que sigue vivita y coleando calle arriba. Me han contado que la primera misa y el primer funeral del pueblo se celebraron en nuestra sala de estar. Aquí vivimos bajo la persistente mirada de la hermana mayor de mi padre, mi tía Virginia, que murió a los cinco años atropellada por un camión mientras iba en su triciclo, pasada la esquina de la gasolinera. Su retrato se cierne sobre la habitación, exhalando un aire fantasmal y proyectando su malogrado destino sobre nuestras reuniones familiares. Es el suyo un retrato formal en tono sepia de una niña pequeña que lleva un anticuado vestido infantil de lino blanco. Su mirada engañosamente benigna, a la luz de los hechos, parece querer decir ahora: “Tengan cuidado. El mundo es un lugar peligroso y despiadado que lanzará tu trasero desde el triciclo hacia la más desconocida oscuridad, y sólo estas almas infortunadas, pobres y extraviadas te echarán de menos”. Su madre, mi abuela, había escuchado ese mensaje alto y claro. Tras la muerte de su hija se pasó dos años en cama y envió a mi padre, desatendido y con raquitismo, a las afueras del pueblo con unos parientes, hasta que ella por fin se recuperó.

Pasó el tiempo; mi padre dejó la escuela a los dieciséis y se puso a trabajar como aprendiz en la Karagheusian Rug Mill, una fábrica de alfombras de ensordecedora maquinaria cuyos telares repiqueteaban ruidosos, y que ocupaba ambos lados de Center Street en una zona del pueblo llamada “Texas”. A los dieciocho, partió a la guerra zarpando desde Nueva York a bordo del Queen Mary. Sirvió como conductor de camión en la batalla de las Árdenas, vio la pequeña porción de mundo que llegaría a conocer y regresó a casa. Jugaba al billar, muy bien, por dinero. Conoció a mi madre y se enamoró de ella, prometiéndole que si se casaba con él buscaría un empleo serio (¡bandera roja!).Trabajaba con su primo, David “Dim” Cashion, en la cadena de montaje de la planta de Ford Motor en Edison, y entonces llegué yo.

Para mi abuela, yo era el primogénito de su único hijo y el primer bebé en la casa desde la muerte de su hija. Mi nacimiento le devolvió un propósito a su vida. Se apoderó de mí con vehemencia. Su misión era protegerme totalmente del mundo dentro y fuera de casa. Lamentablemente, su devoción obsesiva y ciega la enfrentaría agriamente a mi padre, causando una gran confusión en la familia. Aquello iba a afectarnos a todos.

Cuando llueve, la humedad en el aire cubre nuestro pueblo con el olor de posos de café que llega flotando desde la fábrica Nescafé, situada en el extremo este del municipio. No me gusta el café, pero sí ese olor. Es reconfortante; une al pueblo en una experiencia sensorial común; es una buena industria, como la fábrica de alfombras que colma nuestros oídos, ofrece empleos y señala la vitalidad de nuestro pueblo. Este es un lugar –puede oírse, olerse– donde la gente vive sus vidas, sufre con dolor, disfruta de pequeños placeres, juega a beisbol, muere, hace el amor, tiene hijos, bebe hasta emborracharse en las noches de primavera y hace lo que puede para mantener a raya a los demonios que buscan destruirnos, a nosotros y a nuestros hogares, nuestras familias, nuestro pueblo.

Aquí vivimos a la sombra del campanario, donde el sagrado neumático pisa la carretera, todos engañosamente bendecidos por la gloria del Señor, en esta población de infarto que se baja los pantalones, engendra revueltas raciales, odia a los diferentes, te estremece el alma, genera amor y odio, y te rompe el corazón. Freehold, Nueva Jersey.

Que dé comienzo el servicio.

 

 

 

*Adelanto del libro “Born to Run”, de Bruce Springsteen (Literatura Random House, 2016). Agradecemos a la editorial por las facilidades otorgadas para su publicación.

Autor: administrador

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