Bisontes*

 

 

Por Daniel Espartaco Sánchez

 

—Supongo que usted preferiría que describiésemos la naturaleza:

rosas, ruiseñores, mañanitas frescas, mientras todo a nuestro alrededor está en agitación.

Queremos disecar la humanidad, y no tenemos tiempo ya para perderlo en canciones…

—¡Dadme al hombre! —dijo Oblómov— Amadle…

IVÁN GONCHAROV. Oblómov.

 

—¿Homenaje? —preguntó Miguel Habedero.

—Sí, homenaje —respondió la voz de una mujer con acento del norte.

—No estoy muerto —dijo, y colgó el teléfono.

Era casi la una de la tarde, aún estaba en pijama, la barba y el cabello blanco despeinados y grasientos. Aun cuando le había resultado difícil afrontar la separación de Alfonsina, su cuarta esposa, logró hacerse con un refrigerador pequeño y una parrilla eléctrica e instalarse en un departamento de dos habitaciones en la colonia Narvarte. Por si acaso, y gracias a un contacto en el bajo mundo, también había comprado el revólver calibre .38 especial que guardaba en una caja de zapatos en el armario, consciente como estaba de haber llegado a la edad en la que los hombres verdaderos se quitan la vida. El teléfono sonó una vez más mientras agitaba con una cuchara el sustituto de azúcar de su primera taza de café instantáneo.

—Aún estoy vivo, y aunque estuviera muerto no merezco un homenaje.

—Queremos que venga a Chihuahua y nos hable de su obra —la voz era ronca y con el timbre agudo al final de la frase que a Habedero le pareció sexual.

Sí, la voz de una mujer que desayuna anfetaminas y whisky, que oscila entre la alegría desenfrenada y la postración, de ésas que cuando ríen parece que están llorando, pensó. Su libido era como China en el siglo XIX: un gigante dormido. Miró a su alrededor, en lo que se había convertido su vida: maletas abiertas sobre una cama deshecha, cajas de libros apiladas y cubiertas de polvo.

—Hace muchos años que no voy a Chihuahua —contemporizó.

—Yo misma seré su guía. Catalina Rivas a su órdenes, maestro.

Sí, pensó.

—Vamos a pagarle.

Portada de la novela Bisontes, de Daniel Espartaco Sánchez

Portada de la novela Bisontes, de Daniel Espartaco Sánchez

Al bajar del avión se encontró con un cielo blanquecino y un paisaje raso que se alargaba hasta el horizonte de una manera que le pareció inconveniente. En el área de llegadas se acercó a recibirlo una mujer vestida con un traje sastre a rayas y medias negras que dijo llamarse Catalina Rivas. Era alta, de cabello corto y teñido de un color entre rojo y amarillo, prueba evidente de que ya había pasado los cuarenta.

—Maeeestro, es un honor.

Aunque no pudo comprender la necesidad de alargar el diptongo, Habedero suspiró al ver a su anfitriona. Trasero maduro, pero bien conservado, pensó. Junto a ella había un hombre flaco y ventrudo que le fue presentado con el nombre de Roberto Mariño, uno de los intelectuales más destacados de la región, y políglota.

—Maeeestro —dijo éste, y le entregó una docena de rosas blancas envueltas en ruidoso papel celofán.

Lo colocaron en el asiento del copiloto y le dieron otra docena, esta vez rojas, y una muestra de productos regionales: una barra de queso menonita, carne seca y tortillas de harina.

—¿Y yo para qué quiero esto? —preguntó.

—Son productos hechos por manos chihuahuenses —explicó Roberto Mariño.

—Lo llevaremos al hotel —dijo Catalina Rivas cuando se acomodó en el lugar del conductor.

Habedero contempló con nostalgia el paisaje suburbano de su niñez: el ganado que pastaba sobre el suelo semidesértico, como alguna vez lo hicieron las fabulosas y extintas manadas de bisontes, y, más allá, la mancha urbana de la ciudad de Chihuahua extendida sobre el valle.

—He leído todos sus libros, maestro. Me gustan especialmente Walden tres y Caminos de desolación. Dígame, ¿quién es para usted el mejor escritor mexicano joven?  —dijo Mariño desde el asiento trasero.

—Juan Villoro —contestó Habedero sin voltear la cabeza.

—Juan Villoro ya no es joven, maestro.

—Ah, ¿no?

Entre el hombro de Rivas y el de Habedero emergió el rostro sonrosado y cejijunto de Roberto Mariño:

—Bueno, ¿cuál es el mejor escritor mexicano, joven o viejo?

—No tengo idea.

—¿Qué opina de Jorge Volpi?

—Nunca lo he leído.

Los obsequios no terminaron, en la habitación del hotel se encontró con un paquete de libros escritos por autores de la región, entre los cuales descubrió un delgado volumen de poesía titulado Páramo equidistante, escrito por Catalina Rivas. El epígrafe era de Emily Dickinson: I never saw a moor, I never saw the sea. Arrancó con cuidado la fotografía de la solapa donde ella se veía diez años más joven, la guardó en su cartera y arrojó todos los libros a la basura junto con la barra de queso y los demás comestibles.

Cuando bajó al lobby observó con agrado que Mariño ya no estaba y a Catalina Rivas sentada con las piernas cruzadas y las manos sobre los brazos del sillón. Pretendía saber algo de expresión corporal y esa postura podía significar algo así como una invitación reticente. Pensó en la vida reposada de una casa provinciana con amplio patio trasero y se vio a sí mismo, mandil atado a la cintura y una botella de cerveza en la mano, frente a un asador cubierto de chuletas, y a su lado la autora de Páramo equidistante con un vaso de whisky en las rocas, como todas las mujeres en sus fantasías. Supo que ese encuentro estaba predestinado, que Catalina Rivas era parte de su memoria filogenética.

—¿Adónde vamos? —preguntó Habedero.

—Vamos a la charla sobre creación literaria en la Facultad de Filosofía y Letras, maestro.

Lo había olvidado, no eran vacaciones y lo obligarían a comparecer ante una multitud de jóvenes nihilistas y asexuados. Imaginó sus rostros escépticos desmenuzar cada una de sus palabras, sopesarlas. Ninguno de ellos habría leído sus libros y se preguntarían por qué el profesor los obligaba a asistir a una charla sobre creación literaria donde un anciano barbado les hablaba de todo menos sobre el tema. Pensó en lamerse las heridas en público y exhibir su degradación o, lo que es lo mismo, hablarles de su último divorcio como un profesor universitario cualquiera. ¿Qué podía decirles, él, que no había escrito un libro en treinta años, que cada noche y cada mañana, en vez de reflexionar sobre la creación literaria, se dedicaba a hacer un recuento de sus fracasos, sus mujeres?

 

*Adelanto del libro Bisontes, de Daniel Espartaco Sánchez (Nitro/Press, 2013). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para su publicación.

Autor: administrador

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