Autos usados

 

 

Por Daniel Espartaco Sánchez*

 

¿Qué quería hacer con mi vida? para comenzar, nunca más caminar de noche a lo largo de la avenida Tecnológico sino comprar uno de aquellos automóviles norteamericanos que pasaban la frontera de manera ilegal y se vendían en el bazar debajo del puente de la avenida Vallarta. Autos de lujo, algunos fabricados antes de la crisis de los combustibles, fruto de una civilización que había conquistado el mundo gracias al tamaño de sus vehículos; autos que llegaron a vendernos un sueño americano reciclado y más barato.

Cuántas veces al regresar de la escuela me bajé del autobús y caminé por debajo del puente de Vallarta para ver los modelos enfilados, relucientes, el precio escrito en los parabrisas con betún blanco para zapatos: asientos de colores claros, del tamaño de una bañera; el tablero amplio y simétrico, con molduras de cromo; el equipo de sonido original para cartuchos de ocho pistas. La vida real era pagar tu automóvil al contado, con un fajo grueso de billetes sacado del bolsillo; no la trigonometría ni la clase de literatura y el insufrible Pedro Páramo. Los verdaderos hombres —ventrudos, altos, de botas vaqueras y sombrero— compraban al contado aquellas maravillas como antaño sus predecesores caballos. Yo quería trabajar en algo sencillo, el dinero no importaba, salir los viernes por la noche, tomar cerveza con los amigos, subir a mi auto chicas que se dejaran tocar y llevarlas a las afueras de la ciudad, donde los caminos de tierra surcan el rostro asimétrico de la noche. Pero antes era necesario tener cuatro ruedas, un motor y un equipo de sonido.

El deber de mis progenitores era estar en contra de mis deseos, aunque, por primera vez, cuando se trataba de mi futuro, ya no eran un solo equipo. Mi padre rentaba un cuarto con baño y cocina en otra parte de la ciudad, y se había comprado una barra con bancos altos, el símbolo de la independencia, cuya única función era proporcionar una superficie para comer, nada de disputas familiares, de discusiones presupuestales, violencia pasiva, terrorismo psicológico y grandes lecciones de vida. Pronto yo tendría una barra de esas y un refrigerador pequeño, otro símbolo del individualismo. Dejaría la casa de Lulú y pagaría el alquiler de mi propio lugar: un cuarto, cocina, un patio donde fumarme un cigarro, apoyado en el quicio de la puerta bajo el aleteo de las mariposas nocturnas contra la bombilla.

Oh, sí, yo quería paz interior.

Y un automóvil usado.

No me importaba que no fuera lujoso, tan sólo que el motor funcionara bien. Me imaginaba tendido debajo del auto sobre un cartón manchado de grasa para cambiar partes del motor de nombres desconocidos; o en la carretera a setenta millas por hora, echado hacia atrás en el asiento, en la radio una canción country, el codo apoyado en la ventanilla, la calma del desierto, las colinas apenas iluminadas por la luna menguante. Venían a mi mente los nombres de ciudades texanas que me parecían llenos de significado: Pecos, Monahans, Odessa, Midland, Big Spring, Lamesa, Brownfield, Lubbock, Plainview, Canyon, Amarillo…

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*Adelanto del libro Autos usados, de Daniel Espartaco Sánchez (Mondadori, 2012). Agradecemos a la editorial las facilidades otorgadas para la publicación del capítulo.

 

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