Así suena Méjico

Por Antonio Ortuño

 

Hace unos días, Julián Herbert subió a sus redes algunas piezas musicales a manera de banda sonora para su nonfiction La casa del dolor ajeno. Me pareció un buen ejercicio puesto que, como sucede con Julián, suelo oír música mientras escribo y relacionarla directamente con lo que pasa en el texto.

Acaba de aparecer publicada mi novela Méjico (Océano, 2015), una historia de aventuras (qué paz describirla así, aunque se acalambren los amigos) y malaventuras, migraciones y crímenes a caballo entre México, que es mi país, y España, que fue el de mi madre, mis tíos y abuelos. Cada lector tiene la libertad de relacionar lo que lee con la música que le pegue la gana o no relacionarla en lo absoluto. A la vez, el autor de un texto es el único capaz de confesar ciertas claves estéticas y ciertas referencias.

Méjico es una novela llena de referencias musicales, explícitas algunas y esquivas otras más. Aventuro acá una selección de la música que tuvo que ver en la concepción, escritura y edición de la novela y unas líneas sobre las piezas que la conforman.

La lista arranca con un “Intro” que se corresponde con el epígrafe de la novela. “Viatores sumus quod Patres nostres margine viae sepulti sunt”, rezan, en latín, los alemanes Corvus Corax (cuyo estilo echa mano del folk, la recreación medieval y barroca, los sintetizadores y los riffs metaleros). Es decir: “Somos viajeros. Nuestros padres están sepultados a la orilla del camino”.

Sigue una pieza de Rome, la banda luxemburguesa (sí, hay rock en Luxemburgo), que cita un fragmento espléndido de Lorca: “Saludos desde el exilio a una generación de destructores/ seguiremos siendo invisibles porque viajamos con poco equipaje/ bailando con nuestros ojos cerrados cuando eso sea posible/a lo largo de la frontera, a lo largo del camino…”. El disco Flowers From Exile gira en torno a la Guerra Civil española, el exilio de miles y la destrucción en la Europa de los años treinta y cuarenta. Es una suerte de disco conceptual darkie y atmosférico que recurre a la guitarra y a los arreglos aflamencados sin pudor. Lo oía mientras redactaba. Salen de allí cuatro cortes: “To a Generation of Destroyers”, “The Secret Sons of Europe”, “Who Fell In Love With The Sea” y “Flight in Formation”.

Mi madre, que nunca se nacionalizó, tenía gran devoción por Jorge Negrete, quien solfea acá “Yo soy mexicano”, canción que da nombre a la primera parte de la novela, y que incluye este declaración de nacionalismo schopenhaueriano y ranchero: “Yo soy mexicano/Y a orgullo lo tengo/Nací despreciando/La vida y la muerte”.

Suelo escuchar rock ruidoso y específicamente punk. Tengo, sin embargo, debilidad por una banda cercana al progresivo y aderezada por un acordeón. Sangre Asteka, contemporánea de Caifanes y la ola de rock de los ochenta y primeros noventa, apenas es recordada como antecedente de La Barranca. Vale la pena, sin embargo, recordar su apuesta por su sonido tan alejado de las claves del pop. Hay tres piezas de su único disco en la lista, a cual más azteca cada, una para equilibrar el juego: “Polka chilanga”, “Tonantzin” y “La resistencia”.

Hay, desde luego, mucho punk. Español, mexicano, inglés y argentino. De la banda platense El Perrodiablo salió el otro epígrafe de la novela: “Y si no está escrito, lo escribo yo”, hurtado de “Chazarreta”. Hay, por supuesto, punk vasco: esos viejos enemigos, La Polla Récords y Eskorbuto. De La Polla, una inevitable: “No somos nada”. “Somos los nietos de los obreros que nunca pudisteis matar/Somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil”. Y de Eskorbuto “Adiós, reina mía”. Hay, también, punk andaluz y valenciano. Los Muertos de Cristo son el grupo ideal para hablar de Buenaventura Durruti (que asoma en un pasaje central de la novela), con la cursi y bellísima oda “Corazón indomable” (son los Óscar Chávez del hardcore). Y Seguridad Social canta sobre la Conquista con desenfado tropical en “Ay, Tenochtitlán”.

El lado mexicano está en manos de bandas tapatías. Dos de mi adolescencia, protagonistas de tocadas afuera de la preparatoria de Jalisco que solían ser interrumpidas por la policía. Sedición (“A la escuela”) y Sin Razón Zoocial (“Hombre, te llamaron hombre”). Y dos de la “New School”: Cooperativa Pascual (“Es el fin”) y mi banda local favorita, Días de Radio (“Comenzando otra vez”). Cierra la gran maravilla del punk, The Clash, con otra obligada: “Spanish Bombs”.

Hay un poco de vieja música española. El himno anarquista, “A las barricadas”, interpretado por un coro fantasmal. Un cuplé obsceno, entonado por La Bella Dorita, y llamado “La Vaselina” (en la novela suena en una boda a mitad de la guerra), con las memorables líneas: “Pero soy tan inocente/ Que no acierto a comprender/ Para qué es la vaselina/Ni en qué sitio la pondré”. Y otro cuplé, el archifascista y odioso “Ya hemos pasao”, cantado por Celia Gámez, con que los franquistas se celebraban luego de la toma de Madrid, en 1939. El mal trago es compensado por las “Coplas de la defensa de Madrid” de un conjunto de nombre sensacional: el Coro Popular Jabalón.

Dos bandas preferidas de rock contemporáneo gachupín cierran la lista: Los Planetas, con “La copa de Europa” y El columpio asesino con “México”. México con equis. Como decidimos que debía llamarse el país y como debe ser escrito siempre. Salvo en el título de una novela.

 

 

>Antonio Ortuño (Guadalajara, 1976). Autor de las novelas La fila india, Ánima, El buscador de cabezas y Recursos Humanos, con la que fue finalista del Premio Herralde 2007. Es autor del volumen de cuentos El jardín japonés y La Señora RojoMéjico es su novela más reciente. @AntonioOrtugno

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