Apuntes sobre la indolencia

 

 

Por Joaquín Segura

 

¿Por qué hacer arte contemporáneo en México hoy? La pregunta es tan ingenua como urgente. Durante el último par de décadas, el circuito de artes visuales en nuestro país ha sufrido una profunda transformación en todos los niveles imaginables. Estas modificaciones de fondo no representan automáticamente una mejoría sobre las condiciones de producción anteriores; simplemente presentan un panorama distinto en el que los creadores activos en este momento luchan por encontrar un lugar y una voz propia para construir su propia práctica. Nos enfrentamos a un entorno fragmentado y desigual, si se analiza en términos de congruencia. Un aspecto tangible de estos cambios se refleja en una oferta infinitamente más amplia de canales de distribución y salida para la producción artística de nuestro país, tanto en un contexto local como global. Sin embargo, esto no implica una producción más sólida o pertinente. Sólo significa que hay más por ver y, por tanto, más que depurar.

¿Realmente necesitamos más artistas? En cierto sentido lo dudo profundamente. Si nos acercamos a esta interrogante desde la perspectiva del consumidor cultural promedio, la irracional aversión hacia el arte contemporáneo por parte del público de a pie es cada vez más notoria. ¿Para qué producir algo que aparentemente tiene una aceptación tan ríspida? No pasa semana sin que algún detalle, por mínimo que sea, haga saltar un ejército de detractores que, casi siempre con argumentos risibles y poco informados, cuestiona la manera en que el arte contemporáneo se construye y establece un lenguaje que intenta ser propio y responder a las circunstancias del contexto específico en que se desarrolla. Habrá que agradecer a estos guardianes del arte impoluto y verdadero lo que, me imagino, son buenas intenciones, pero resulta un tanto cansado ver que después de 20 años una caja de zapatos sigue causando tal escándalo… o peor aún si se convierte a un urinal casi centenario en el principal argumento de una crítica indolente. Si estos repetidos intentos de denostación merecen algo será apenas un bostezo. Cualquier esfuerzo de diálogo bajo un clima de polarización y descalificación inmediata es, aparte de una pérdida de tiempo, llanamente imposible.

Apuntes sobre la indolencia. Foto: Joaquín Segura.

Apuntes sobre la indolencia. Foto: Joaquín Segura.

La producción de cultura contemporánea es un proceso compartido e incierto. Una de las prioridades programáticas de una buena cantidad de espacios en nuestro país ha sido precisamente acercar al público local con aquello que sucede dentro del recinto de exhibición –entendido en términos amplios- y convencer al espectador que necesita involucrarse de manera directa en esta creación de significado para así poder apropiarlo. Derrumbar los muros, por así decirlo. Esto es una aportación invaluable y es algo que hay que reconocer sin miramientos. Sin embargo, hay una cuestión que tampoco podemos pasar por alto al tratar de fomentar estos ejercicios de construcción colectiva: el balance entre contenido y pertinencia. Si el equilibro entre ambos factores se altera, esta intersección se convierte indudablemente en un punto de rompimiento entre el espectador y aquello que se exhibe. Es cierto que una buena parte de la producción contemporánea resulta ser, entre tantas otras cosas, una celebración de la banalidad. Lo sorprendente es que esto es mucho más evidente entre los creadores más jóvenes, preocupados antes en construir una estrategia de posicionamiento que en aquello que tengan que decir a través de sus proyectos. No hay necesidad de mencionar ejemplos. Basta una breve mirada a la oferta cultural de espacios de arte, tanto públicos como privados, para advertir este vicio. Este es el tipo de prácticas que debemos cuestionar, pero no habla de todo lo que se produce.

En lo que toca al resto, habrá que apuntar que todo acto de creación ha sido siempre un proceso plagado de incertidumbres y fallos. ¿En dónde radica la impostura en este tipo de indagaciones? Si el espectador no está dispuesto, por las razones que sean, a acompañar al artista en este camino de prueba y error está en su derecho. Lo que no es válido de ninguna forma es el descrédito ciego si aquel no se involucra en esta búsqueda. Un espectador perezoso es tan poco necesario como un artista inconsistente. Es posible prescindir de ambos pero el lograrlo es una responsabilidad compartida que va más allá de adherirse a atavismos estériles y sectarismos caducos. A fin de cuentas, tal vez las respuestas que tanto busca este espectador incómodo se encuentran en donde menos se le ocurre mirar: en el arte que se hace hoy y ahora y no en aquel que yace inerte en un mausoleo. Falta que se atreva a intentar mirar.

 

> Joaquín Segura (Ciudad de México, 1980) es artista visual. Vive y trabaja en México, DF. Su obra se desarrolla en plataformas como la instalación, fotografía, acción o video y ha sido mostrada en exposiciones individuales y colectivas en México, Estados Unidos, Europa y Asia. Ha expuesto en recintos como la Sala de Arte Público Siqueiros, Museo de Arte Carrillo Gil, La Panadería, Museo Tamayo Arte Contemporáneo en México, así como El Museo del Barrio, Anthology Film Archives, White Box y apexart, New York, NY, LA><ART, MoLAA, enLos Angeles, CA; Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, España, National Center for Contemporary Art, Moscú, Rusia y el Museo de Arte Moderno de Fort Worth, TX entre muchos otros. Es miembro fundador e integrante del consejo de SOMA, México, DF.

 

Autor: administrador

Comparte esta publicación en