Adiós, maestro

 

 

Por Orfa Alarcón

 

Qué tristeza. Se mueren muchas cosas con la partida del maestro José Emilio. Nos queda la lucidez y perfección de su obra, pero se va todo lo demás. Su amabilidad, por ejemplo, su carisma.

Entre hoy y mañana los estados de Facebook y artículos de todos versarán sobre su larga y estrecha amistad con el maestro, sobre el aprecio mutuo y todos los años de conocerse. Mi historia es muy breve: estaba en FIL Guadalajara, a la salida del Hilton, me encontré a mi agente y me puse a platicar muy animadamente con ella. Entonces pasó Eduardo Antonio Parra, y me dijo que ya nos íbamos a cenar a no sé dónde. Le dije que los alcanzaba (éramos cuatro o cinco, no recuerdo), pero Parra insistió: –No, te estoy diciendo que tienes que venir. Ya.

Me despedí rápido y subí al taxi.

La gran sorpresa era que íbamos a cenar tacos con el maestro José Emilio Pacheco. Por supuesto, durante esta cena yo no tenía nada qué decir, más que escuchar, escuchar, escuchar.

Al terminar se iba ya el maestro y, en un acto de imprudencia, apenada y todo abrí la boca y le pregunté si podía regalarle mi libro (creo que fue el año en que se publicó Perra brava).

–Claro, por favor, he leído muy buenas críticas al respecto.

Cuando extendí la mano, para dárselo, me dijo que así no, que se lo autografiara. Luego él y su esposa se fueron.

José Emilio Pacheco. Foto: Rogelio Cuéllar

José Emilio Pacheco. Foto: Rogelio Cuéllar

Por su puesto, yo no podía creer lo que acababa de suceder. Yo tan novata y el maestro tan sencillo. Quedé deslumbrada por su amabilidad y porque estoy más bien acostumbrada a tratar a los escritores de mi generación, que suelen vivir de la pose, que han encontrado en la provocación la manera de conseguir lectores inmediatos para sus artículos en medios electrónicos (no sé si también para sus libros), que gustan de presentarse con un “Hola, soy Fulano, publico en tal lado…”. A mí todo eso me parece tan “Hola, soy Troy McClure…”, tan barata la manera de hacerse popular lanzando amenazas, peleándose en Facebook o burlándose de la obra de autores que ni los hacen en el mundo… pero en fin, así son ellos, es su manera de venderse.

En estos días en redes sociales todo mundo estará contando sus anécdotas de cómo conoció a Pacheco, porque él era así, conversador, incluyente, se dejaba querer, se compartía con los demás. Claro, también estarán los poemas y los comentarios del tipo “Ay, sí, ahora resulta que todos habían leído a JEP”. Todos se pondrán a recordarlo y muchos a leerlo y con razón. Queda obra. Mucha y extraordinariamente valiosa.

Cuando alguien muere es inevitable pensar en la propia muerte. ¿Nuestra muerte será una noticia que provoque tantas muestras de cariño? A ver si cuando los autores de mi generación seamos viejos ya conseguimos hacer un aporte a la literatura mexicana, o si al menos ya dejamos de ser una caricatura. Ojalá.

Al maestro le deseamos un buen viaje, y siempre le estaremos agradecidos por todo lo que nos enseñó.

 

 > Orfa Alarcón es escritora y editora, autora de Perra Brava (Planeta, 2010).

Twitter: @orfa 

 

Autor: administrador

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